Mar 23

ADIOS A MI FIEL COMPAÑERA, COOKIE (Relato)

ADIOS A MI FIEL COMPAÑERA, COOKIE  (Relato)

Era una madre ejemplar, una amiga leal y la corredora más entusiasta que he conocido.

 en la nieve

Cookie era la perra guía de mi cuadrilla de tiro de trineo y recorrió conmigo 22,599 kilómetros, entre ellos los 1900 del famoso Iditarod, carrera que va de Anchorange a Nome, en Alaska. Me salvo la vida varias veces y en algún momento llegó a ser algo más que una perra, y más que una amiga: casi mi otro yo.

 

El día que iba a parir había una ventisca espantosa y yo estaba muy preocupado. Pensé en sacarla de su perrera y llevarla a la cabaña donde vivo con mi mujer, en Minnesota, pero el calor la había sofocado: tenía cuando menos un tercio de sangre de lobo, como indicaban sus manchas grises y había mudado de pelo por el invierno.COOKIE

 

Así pues, le construí una especie de iglú con unas pacas de paja que tenía cerca de la perrera. Apenas cabía en ella… y yo, pues el único remedio contra mi ansiedad era estar a su lado. Una vez dentro, me metí en mi saco de dormir y le dije:

 

– Si está bien aquí; mucho mejor que cuando andamos allá fuera.

 COOKIE

Ella estaba ocupada en lamerse y, contra su costumbre, no me respondió. Yo a menudo le contaba episodios de mi vida, lo que a veces me ayudaba a conocerme mejor.

 

Me quedé dormido y desperté a las cuatro horas, en mitad del parto. Junto a Cookie chillaban y gruñían cuatro cachorros grises a los que la madre ya había limpiado.

 

Todo salió bien hasta el alumbramiento del octavo y último, que nació muerto. Cookie lo lamió con más fuerza que a los demás como para infundirle vida, y al ver que no lo conseguía sus lengüetazos se hicieron desesperados.

 COOKIE

Lanzó un gruñido de angustia que termino en aullido. Yo le tapé los ojos con una mano y con la otra cogí al cachorro muerto y lo escondí entre la paja. Había hecho lo mismo con otras perras, para después llevarme al mortinato y me había resultado: la madre se olvidaba de él y se dedicaba a los otros cachorros vivos.

 

Pero debí suponer que no sería igual con cookie, una perra voluntariosa, tenaz y absolutamente leal a sus seres queridos. No me sorprendió que buscara al cachorro y, al no encontrarlo, me mirara a los ojos como diciendo: ¿Dónde está? Yo lo saqué de entre la paja y ella lo cogió con delicadeza con el hocico, lo depositó en el suelo y se puso otra vez a lamerlo. Aunque no consiguió nada, lo colocó junto a sus hermanos que ya estaban mamando.

 

El movimiento de los demás, sacudió el cuerpecito inerte. De seguro su madre creyó que vivía, porque se echó, cansada del parto, cerró los ojos y se durmió. Después de esperar un lapso razonable, retiré con cuidado el cadáver, lo llevé a un banco de nieve que estaba como a 20 metros de distancia y allí lo sepulté. Luego volví a hurtadillas al refugio, me cobijé y me dormí.

 COOKIE

Cuando desperté, Cookie seguía dormida. Me dispuse a salir, pero algo me detuvo:

 

En medio de la camada estaba de nuevo el cachorro muerto, en posición de mamar. Cookie se había levantado y había ido por él sin perturbar mi sueño. Me llené de pesar y a la vez de admiración. Decidí volver a llevarme el cadáver aprovechando el sueño de la madre, pero, cuando estiré la mano, ella abrió los ojos, me enseñó los dientes y clavó otra vez los ojos en mí.

 

Tuve que esperar casi cuatro días para que me permitiera llevármelo, y aún entonces gruñó; no a mí, sino al destino que la hizo perder un hijo.

 

ATASCADOS EN LA NIEVE.COOKIE

 

Cookie me da otra prueba de su fidelidad una noche de invierno en que salí a pasear en trineo. El cielo estaba claro, la temperatura, a unos 27 grados C bajo cero, y la luna llena. El grupo de tiro constaba de Cookie, que iba a la cabeza, seis de sus hijos que ya eran casi adultos, y otros seis perros avezados.

 

Mi propósito era recorrer 160 kilómetros de una pista para trineos que corría sobre el lecho de una vía férrea. Habían quitado rieles y durmientes, y en los puentes habían formado el suelo recubriendo la estructura desnuda con planchas de madera contrachapada.

 COOKIE

A los 40 kilómetros de camino llegamos a un puente. Íbamos a la mitad, cuando los perros se detuvieron de golpe. Algún maniático había robado la madera del suelo.

 

Eché el freno, una especie de ancla, pero lejos de hundirse en la nieve, los garfios de acero se engancharon en un travesaño del puente y el trineo se detuvo en seco.

 

El frenazo me arrojo al aire. Tras golpearme el vientre con el asidero, fui a caer de cabeza en un banco de nieve, a la orilla del río.

 COOKIE

Al levantarme vi a los perros guardando el equilibrio sobre el puente, uno en cada travesaño. No podía hacerlos volverse sin que se les enredaran los arneses, ni hacerlos seguir adelante porque los más jóvenes podían caerse entre los travesaños.

 

– No puedo hacer nada – le dije a Cookie.

 

Ella se quedó mirándome. Tú nos metiste en ésta, decían sus ojos. A ver ahora cómo nos sacas.

 

Trepé por el banco de nieve hasta el puente y comencé a desenganchar a los perros uno por uno. Ellos, en cuanto se veían libres, iban hasta la otra margen saltando cuidadosamente de un travesaño a otro. Una vez allí, no se detenían; los más viejos sabían dónde estaban y emprendían el camino de vuelta a casa. Lo jóvenes se iban tras ellos. Al poco rato, todos desaparecieron en la oscuridad, menos Cookie.

 COOKIE

– Bueno – le dije-, no quedamos más que tú y yo.

 

La solté y, sin dar crédito a mis ojos, la vi irse detrás de los demás.

 

-¡Traidora!- le grité, invadido de pesadumbre.

 

Bajé el trineo del puente como puede, y en tierra firme eché a andar tirando de él con mucha dificultad. Como me esperaban unos 50 kilómetros de camino, calculé que tardaría tres días en llegar a casa.

 COOKIE

Al cabo de unos 40 minutos oí un ruido. Era Minto, uno de mis perros de tiro, que vino a sentarse a mi lado.

 

Mientras le acariciaba las orejas se acercó otro, Winston.

 

¿Qué es esto? –Pregunté- ¿un gesto de fidelidad?

 

En realidad no tenían por qué estar allí. Los perros de tiro están adiestrados para avanzar y no detenerse nunca. No dan marcha atrás. Pero al poco rato llegaron otros cuatro, luego uno más, después de los dos hijos de Cookie que faltaban y, al final, ella.

 COOKIE

Volví a amarrarlos y, con un nudo en la garganta, les di las gracias. En el camino noté que algunos tenían pequeñas mordeduras en las puntas de las orejas.

 

Ya de regreso, le conté mi aventura a Ruth, mi mujer.

 

-Tal vez te parezca increíble, pero Cookie fue por ellos y los obligó a regresar. Nunca había visto algo así.

 COOKIE

-Pues me parece que no le estás pagando todo lo que se merece –repuso Ruth.

 

LLAMADO DISTANTE.

 

Cookie yo nos retiramos de las carreras de trineos hacia la misma época; ella porque empezó a padecer artritis en los tobillo y yo porque un día, al separar unos perros que estaban peleándose, sentí un repentino dolor en el pecho. Fui a ver al médico y me dijo que estaba enfermo del corazón.

 corriendo 1

Conseguí Tutor responsable para los demás perros y mudé a Cookie a mi cabaña. Siempre estaba conmigo.

 

Mi salud mejoró con la dieta, las medicinas y el ejercicio y me volví más activo. La primera mañana fría del otoño salí a partir leña. Cookie salió junto a mí. Yo me detuve ante la leña, pero ella siguió adelante.

 COOKIE

En seguida adiviné sus pensamientos. Los primeros días fríos del año siempre habían coincidido con largos paseos en trineo de ruedas y a ella le encantaban.

 

Fui tras Cookie y la encontré en el lugar donde siempre me esperaba a que enganchara a los demás perros.

 

-No –le dije-, tú y yo ya no nos dedicamos a eso.

 

Me contestó con un gemido.

 

Entonces volví al montón de leña, sin atreverme a mirar atrás. Como siempre, sus deseos de estar conmigo pudieron más que su pasión por los paseos.

 COOKIE

Pasaron otros dos veranos y un invierno, y Cookie siguió conmigo.

 

Una mañana, bien entrado el verano, la dejé salir y no volvió para el desayuno. La encontré al pié de un árbol, de cara al oriente y los ojos entreabiertos, muerta.

 

Me senté junto a ella y rompí a llorar. Después la llevé al sitio de la perrera donde se sentaba a esperar a que yo enganchara a los demás perros. Allí la enterré, con el collar puesto y, colgando de él, la placa con el número 32, el que nos asignaron en el Iditarod.COOKIE

 

Me puse a recordar la época en que Cookie era joven y frente a nosotros no veíamos más que el resplandor del hielo en el horizonte. Espero que, dondequiera que vayan los perros después de esta vida, Cookie pueda disfrutar de vez en cuando de una buena carrera.

 

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Fuente Selecciones del Readers´digest / Gary Paulsen.

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